miércoles, 18 de julio de 2012

Haz-Deshaz

Hizo las maletas, aunque de un modo poco usual, no como siempre. Sabía que llenarlas era un acto absurdo y que cada elemento iba a recordarle a él. Cada color y esquina de la habitación llevaba su nombre y un momento en su mente. Desde las horas que le marcaba un reloj, hasta el más insignificante billete de tren: el que zanjó el último viaje que les separó lo guardaba escondido tras su foto juntos, en un mural en la pared. En el centro sonríen. Quizá prender fuego al lugar sea una solución fácil, llegó a delirar.

Habría sido todo perfecto si las cosas no se hubiesen torcido, si el destino hubiera sido más amable. A lo mejor quizá ni el destino podía haberlo prevenido. Todo había sido rápido e indoloro, pero el hinchazón vendría después. Para uno de ambos, la vida iba a transcurrir casi con total normalidad. Fue bonito, cierto, toda una experiencia a sumar, pero nada vital. Para el otro individuo, había sido un completo examen, y aprendió lo suficiente para seguir viviendo. Sin saberlo, había contribuido a hacerle crecer, en muchos aspectos.

Lo tenia más que aceptado y todavía lloraba. No estaba triste, no era una situación desoladora, pero le echaba de menos. Pensó entonces en cometer locuras. Escaparse hasta donde los caminos ya no se diferencian en la memoria, y perderse. Llegar a la primera playa y dormir donde una vez hizo que se enamorara. Gritar por la calle que le quiso, y que fue todo muy injusto. Subirse a un tren, mirar al horizonte y elegir un destino no pisado. Hacer lo inesperado y lo primero que imaginase. Cambiar de ser. Mil cosas.

En el fondo se sentía egoísta, por quererle sólo para él, aún sabiendo que habría un fin algún día. Puede que por eso le torturara por dentro, y decidiera adelantarse a terminar con todo, a vaciarse por un momento de sentimientos y sacar la razón de la que siempre presumía. Siempre actuó de consejero y esta vez tenía que hacer una terapia propia de sí. Por eso llegó a ser consciente de que no podían seguir sufriendo. Y si no era sufrimiento, evadirse de la situación incómoda que ya se había generado.

[...]

Cuando acabó todo, le dio las gracias por ser así, hacerle sonreír en el último instante. Suspirar conforme con un abrazo cuando en realidad deseaba un último beso. Y no, habría sido peor. En el fondo fue bueno con él. Casi no llegaba a creerse que todo hubiese acabado de una forma tan simple. Una tarde tan común como otra cualquiera. Aún siendo la última.

Era obvio que pensara entonces que aquella iba a ser la última tarde. Su sentido de la realidad le decía que volver a verse tan normales no iba a ser nada bueno ni nada fácil. El mismo sentido de la realidad que otras veces se las había hecho pasar putas, y equivocarse, y entonces por un segundo dudó. Que tenga lo que tenga que ser fue lo más lógico de su razón, dejó de preocuparse por el devenir y pensó más en hacer cosas que le hicieran sentir realizado. Es muy joven, lo tiene tan asumido que no se molesta en cavilar sobre cuestiones futuras, todavía le quedaba mucho por aprender, por vivir y por ser.

Las maletas, ficticias, estaban hechas en su mente. Se planteaba dar un giro en su vida y ser lo que había aprendido en ese corto tiempo de persona enamorada, dar lo mejor de sí y no ilusionarse en recibir lo mismo, sino conformarse con los detalles mínimos, que son sin duda los más importantes. Dejó de pensar entonces en escaparse a esos caminos, dormir en la playa, gritar por las calles, subirse a un tren, hacer lo inesperado, ser otro ser y comenzó a sonreír. No hizo gesto más placentero que tumbarse en la cama mirando a un techo blanco, apagar las luces y hacer razón no sobre lo que podría haber sido si todo hubiese continuado sino, lo feliz que le había hecho, expresar todo su agradecimiento con esa sonrisa interna.

Deshizo las maletas y durmió.